El problema de la analítica existenciaria somos
nosotros mismos, este ente que pregunta por el sentido del ser. Tenerse a sí
mismo como problema es ya un indicio de los rasgos de este ente, que se condice
relativamente a su ser. Ningún otro ente se ocupa
de sí mismo de esta manera radical. De aquí la conocida expresión: “el ser es
lo que le va” a este ente en cada caso. Su propio ser es algo de lo cual se
ocupa, hacia lo cual se dirige, va hacia él, de modo que nunca esta
completamente acabado.
De esta condición, Heidegger deriva dos
conclusiones:
1.
La esencia de este ente es su existencia. En otras palabras,
existencia nombra el ser de este ente, ser ahí, cuyos caracteres son siempre
posibles modos de ser, contrario a los entes “a la mano”, que tienen ya, por sí
mismos, finiquitadas sus posibilidades de ser. El ser ahí está atravesado por
la posibilidad, y no sólo eso, es él mismo quien se dirige a ella y se hace
ser, es decir, va recorriendo sus posibilidades.
2.
Otra nota
peculiar del ser ahí es su radical singularidad: es en cada caso “mío”, se da a
cada quien como responsabilidad suya;
por ello es imposible tratarlo como categoría universal.
Si duda, el árbol puede llegar a ser en algún momento material para una mesa, un
librero, tema de una pintura, un poema o de este ejemplo. Pero dichas
posibilidades le vienen dadas desde fuera: el árbol no sólo permanece
indiferente a ellas, sino que ni siquiera la indiferencia (o el preocuparse) es
algo que le sea propio. No es relativamente a su ser.
El ser ahí, en cambio, es para sí mismo
su más peculiar posibilidad, por lo cual puede elegirse, encontrarse, o en
contraste, perderse y olvidarse de sí mismo. A esto aludirán las expresiones polémicas
(después aparentemente abandonadas por Heidegger) de modo “auténtico” e
“inauténtico”. La cuestión sería, fuera de todo “moralismo existencialista” que
en el modo inauténtico nos olvidamos de la propia posibilidad que atraviesa
nuestro ser, lo cual implica acercarse cada vez más al modo en que son los
“entes a la mano”.
Debida estas peculiaridades (casi
podría decirse anómalas con respecto a cualquier otro ente) del ser ahí, éste
no puede ser estudiado como un “ente a la mano”, no basta categorizarlo,
encontrar las leyes que lo determinan; hay que dar cuenta de la manera
“inmediata” en que este ente se dirige a sí mismo con respecto a sus
posibilidades, esto es, hay que dar cuenta de su “cotidianidad de término
medio”.
Esta cotidianidad, en su aparente
cercanía y transparencia, es de lo más complicado, tanto que ha permanecido
irresuelto en la historia del pensamiento; sería más fácil describir el
comportamiento y las leyes que regulan a la estrella más lejana. Esta cercanía,
la más próxima, es lo más problemático. ¿Qué
es más cercano a mi que yo mismo?, pregunta San Agustín, me he vuelto para mí mismo una tierra de
dificultades y sudor inmenso.. Esta meditación de Agustín es uno de los más
radicales ejemplos, en las Confesiones,
del ocuparse reflexivamente de sí mismo. Esta problemática recuerda el
fragmento (45) de Heráclito: jamás podrás encontrar los límites del alma, aún
cuando recorras todos los caminos. Inclusive en la más absorta cotidianidad
inauténtica, le va al ser ahí, de algún modo su ser.
Si el ser ahí no es como cualquier otro
“ente a la mano” que pueda ser descrito con categorías, leyes y axiomas (como
la estrella más lejana y el átomo de oxígeno que resiramos), ha menester de
otro acercamiento teorético: los “existenciarios” (trad. De José Gaos), que dan
cuenta de las estructuras de la existenciariedad; en contraste con las
“categorías” que apresan las determinaciones apriorísticas de los entes que no
tienen la forma del ser ahí. Un ente es un quién
(existenciarios) o un qué (categorías).
Por esto, la analítica existenciaria debe distinguirse de las ciencias que
tratan de algún modo con el hombre: psicología, antropología, etc. (tema del
§10), mismas que ponen la vista en alguna categorización del hombre.
Heidegger indica que la urgencia de esta
tarea, la analítica existenciaria que pone de relieve los existenciarios del
ser ahí, es “a penas menor” que la pregunta por el sentido del ser en general.
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