lunes, 10 de noviembre de 2014

Texto de Ricardo

Comentario en torno al parágrafo 7c de Ser y tiempo
de Martin Heidegger.
Heidegger hace ontología. Ontología es fenomenología. Fenómeno es lo que se muestra por sí mismo. Ontología es el logos del ontos, el logos del ser. Logos es permitir ver.
            En tanto que se pregunta por el ser, Heidegger está inscrito en la tradición metafísica. Pero no sólo por eso. Podríamos preguntar ¿de qué se podría ocupar la metafísica si no es del ser? Así como para la tradición, también para Heidegger el ser no es una evidencia; es problema en un doble sentido: porque no se le puede definir, y porque tiene que ser des-ocultado. Es necesaria, pues, una gramática diferente a la “lógica del ente”. De otro modo, no se preocuparía por establecer que la pregunta fundamental es aquella que interroga por el sentido del ser.
            No toda pregunta interroga. Hay preguntas que ya tienen en sí la respuesta: tienen un objeto determinado. La pregunta por el ser no: digamos que se deja abierto (se deja ser) aquello por lo que se pregunta; por ello es una interrogante. Por otro lado, sin embargo, toda pregunta tiene una dirección, misma que le viene de lo buscado. Por eso, por cierto, dice Heidegger que es necesario “dirigir  la vista”. ¿Hacia dónde?
            Esta pregunta conduce a otra: ¿por qué ha de ser la experiencia inmediata devaluada? Y devaluada en dos sentidos: no darle “crédito ontológico” y tener que hacerla a un lado, ponerla entre paréntesis, suspenderla. La pre-comprensión en todo caso es aparente; la cotidianidad es aparente; la inter-comunicación (el ser-con) es aparente. La fenomenología es el método que permite “arrancarle” el ser a los entes, es una experiencia (por ello habría que preguntar si el fenomenológico es un método entendido en sentido tradicional) que posibilita “quitar el velo” de lo familiar para mostrar el mundo como realmente es: in-hóspito (Un-heimlich).
Lo que persigue Heidegger es des-fondar esta creencia milenaria de que, por necesidad, detrás del cambio, de lo puramente temporal, debe haber algo in-temporal, eterno. La confrontación con Aristóteles (obviamente no sólo con él) es patente. Digámoslo de otro modo: Heidegger persigue quitar suelo a la aparente seguridad que gana el hombre (tanto el común como el científico) con la creencia (acaso conciencia) de que todo tiene un qué y un por qué último. Frente a esto, la tesis de Silesius: “La rosa no tiene por qué, florece porque florece, no se presta atención a sí misma, no pregunta si la ven.” (Ojo con la “mismidad”… la rosa no la tiene, y tampoco parece necesitarla para ser.)
Podemos estar de acuerdo con esto; sin embargo, ¿es por ello necesario des-acreditar la inmediatez para hacer una experiencia propia? No es clara la relación entre la necesidad de llevar a cabo la destrucción de la historia de la ontología –que es uno de los pasos del método fenomenológico- y la experiencia privilegiada –aunque sea a mero nivel óntico- de, a través de la angustia, empuñarse a uno mismo: sólo la cura logra des-ocultar el auténtico sentido del ser. ¿Es la angustia el único modo? Y más todavía ¿la angustia tal y como la presenta Heidegger y ninguna otra? El ser, el tiempo y la nada se conjugan.
Heidegger, necesario es decirlo, re-significa lo oculto; aun así, insiste en el ocultamiento. Está inscrito en la tradición metafísica. Ya no se trata del ser eterno, de la sustancia, del primer motor, de Dios o de su muerte, sino del sentido que, curiosamente, carece él mismo de sentido. El sentido es un sin-sentido.

Heidegger no niega la inmediatez, la pre-comprensión. Pero este “pre” lo que dice es que, en tanto posibilidad, el Da-sein impropio es un pre-Dasein, no es lo que él mismo puede ser. El “método” es eminentemente destructivo. La teoría está por encima del hombre cotidiano. Vida sin angustia no es vida auténtica. Curiosamente, se puede vivir, y de hecho sucede así mayormente, no siendo uno mismo, sin método y sin preocuparse por la pregunta que interroga por el sentido del ser. ¿Es entonces realmente tan importante? ¿Es esa la pre-eminencia del hombre o, más bien, sólo de algunos y sólo por instantes? La fenomenología se reduce al instante. 
Texto de Nestor sobre téjne y poíesis surgido de la discusión del  parágrafo 5


La significación de un vocablo es un indicio que nos puede ayudar a acercarnos a la mentalidad del pueblo que lo utiliza. En el caso específico de los griegos, llamándolos así por una necesidad especificativa, dado el período de tiempo, la multiplicidad dialectal y el territorio en el cual se establecieron, podemos afirmar que los significados de una palabra serán siempre cambiantes dependiendo del autor al cual nos aboquemos.
            Antes de aproximarnos a este tema, debemos tomar en cuenta que muchos de los sustantivos que utilizamos de manera natural para designar conceptos abstractos específicos son derivados de verbos, neologismos construidos por un autor o palabras con un cambio semántico atestiguado en la comparación textual. De esto, tendremos dos ejemplos a continuación.
             En primer lugar, tomaré la palabra πoίησις (poíesis). Como sustantivo, ésta no aparece, o, si lo hace, es de manera aislada y extraña, en la tradición literaria anterior a Platón. Podemos inferir que es un concepto que el filósofo creó e intentó establecer a través de su continua mención en varios pasajes de distintos diálogos[1]. En su obra, esta palabra puede traducirse como “composición poética” o “arte de la poesía”[2], es decir, Platón hace de la poíesis un objeto proveniente del quehacer potencial o práctico de un poeta y, de la misma manera, aparece con él por vez primera el sustantivo ποιητής (poietés) definiéndolo como el que hace o crea poesía[3]. Dicho esto, debe aclararse que este sustantivo encuentra raíz en un verbo que es de una recurrencia continua y común en cualquier autor griego desde Homero hasta época bizantina, ποιέω (poiéo). La primera acepción del mismo es sencilla, “hacer, fabricar o producir” y podemos reconocer un concepto de empleo común en todas las culturas antiguas en su origen indoeuropeo (*kʷey-), el cual nos indica una función de preparación u orden. Así, el verbo poiéo está atestiguado en Homero para construir edificaciones, producir objetos o fabricar cosas de índole práctico[4]. De nuevo, parece ser que Platón provocó el cambio semántico en el uso de éste.
            Se reconoce esto en el siguiente pasaje en la obra platónica:
“Ὃμηρον Αχιλλέα πεποιηκέναι ἀμείνω Ὀδυσσέως[5]”.
Homero representó poéticamente a Aquiles mejor que a Odiseo.
            Ese πεποιηκέναι (pepoiekénai), forma infinitiva de perfecto activo del verbo poiéo, está indicando una función poética que anteriormente no había aparecido en la tradición literaria griega y así, en pocas palabras, Platón hace de póiesis, poietés y poiéo palabras pertenecientes a una misma familia cuyo centro significativo es la poesía.
            Junto con estos términos, nos parece relevante establecer el contexto de otra palabra muy común en los textos y la mentalidad de Grecia antigua, τέχνη (téjne). En origen, téjne hacía referencia a cualquier tipo de actividad que fuera realizada con habilidad y pericia por alguien. En Homero lo encontramos como un término que describe el trabajo metalúrgico[6] y, en muchas otras ocasiones, como la técnica depurada de un artesano llevando a cabo su oficio.
            Posteriormente, en Heródoto lo encontramos ya de manera manifiesta como la manera en la que se hace un arte, es decir, una técnica específica de creación artística[7]. Aquí es donde notamos que la tendencia de la significación del término cambió de una habilidad innata que no necesariamente fuera depurada a una técnica de creación artística que, incluso, podría ser estudiada y aprendida. Si nos acercamos a su verbo originario, τεχνάομαι (tejnáomai): “ejecutar con habilidad”, veremos que el uso del mismo únicamente es frecuente en época homérica[8] y en tiempos posteriores se limitó a dejar espacio a su correspondiente sustantivo, haciendo del verbo un derivado de este último y modificando su significación a “hacer algo artísticamente”. De la misma forma, en un momento tardío aparece el término τέχνημα (téjnema) que significa “obra de arte”, mostrando que desde su origen, el término nunca se limitó a referirse un quehacer poético, pictórico o escultórico, a diferencia del verbo poiéo y sus derivados que, únicamente basándonos en Platón, indica específicamente una creación poética.
            Finalmente y de manera breve, quiero establecer una relación entre este asunto y la mención que hace Heidegger en el parágrafo 5 de Ser y Tiempo de la palabra poesía. Si nos remitimos al original alemán, encontramos que la palabra que utiliza para nombrar poesía es Dichtung, el cual refiere un poema o una obra poética de distintos tipos, pero siempre como obra literaria. Es destacable que ese mismo vocablo aparece, muchos años después de la publicación de Ser y Tiempo, en varios tratados que escribe en torno a la poesía de Hölderlin reunidos en el tomo Erläuterungen zu Hölderlins Dichtung. Para mí, Heidegger está haciendo un guiño a su interés por el lenguaje poético en la mención de Dichtung en el parágrafo mencionado. La apertura que deja a la interpretación de su originariedad existencial me sugiere que la inquietud por la poesía ya comenzaba a aparecer en esas líneas. Y es aun más claro observar el pleno interés que este asunto cobrará en el futuro cuando vemos cómo Heidegger menciona, por ejemplo, en Hölderlin y la esencia de la poesía (Hölderlin und das Wesen der Dichtung), que la realidad de verdad del hombre es, en su fondo, poética[9] y en la poesía se recoge el hombre al fundamento y fondo de su realidad de verdad y en él llega a aquietarse[10]. Así, habiéndolo visto de manera somera, creemos que la intencionalidad de Heidegger al hacer mención de ese Dichtung es manifestar implícitamente una preponderancia de la poesía, en la manera en la que el hombre se relaciona con ésta, sobre cualquier otro lenguaje literario y, por lo tanto, también de cualquier otra expresión artística. La mención de esa palabra, si queremos relacionarla con los términos griegos antes vistos, es mucho más cercana en significado a la póiesis platónica, sin tomar en cuenta el contexto frecuentemente negativo de la misma, que a una téjne general.
           







[1] cfr. Pl.Smp.197a, Grg.449d, Sph.265b, Tht.152e, Phdr.245a y un larguísimo etcétera. 
[2] Pl.R.394c.
[3] Pl.R.597d., Lg.935e.
[4] Hom.Il.1.608, 7.435.8
[5] Pl.Hp.Mi.369c.
[6] Hom.Od.3.433,6.234
[7] Hdt.3.130
[8] Hom.Od.5.259
[9] Heidegger, M., Hölderlin y la esencia de la poesía, trad. J. D. García Bacca, Madrid, Anthropos, p.31.
[10] ibid. p. 35.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¡Aviso importante!

Por si no han revisado su correo, Ricardo avisó que mañana, 11 de septiembre, no habrá sesión en el seminario.

Saludos a todos,

Román.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Hola a todos, 

Les comparto una serie de preguntas que Roberto plantea. Esperamos sus comentarios.

Saludos.

Si la analogía implica al menos dos niveles —lo comparado y la comparación, así como A es a B, X es a Y—, puede compararse un ente con otro ente, y esto no implicaría un problema, pero cuando se busca hablar preteoréticamente del ser sin ontificarlo, no hay de inicio un ente que comparar. De esta aporía, a la luz de la no ontificación del ser, es que Heidegger señala la necesidad de una nueva gramática. ¿Hay alguna manera de hablar que no re-presente al ser sino que lo presente, de tal forma que no se ontifique aquello de que se habla (a saber, el ser)? ¿Hablar de una nueva gramática es hablar de un lenguaje no verbal y no re-presentativo? ¿Hasta dónde llega la posibilidad comunicativa del hombre? ¿Lo más preciso para hablar del ser es la analogía o hay otra posibilidad gramatical, en el sentido de otro lenguaje, que no represente y no entifique al ser?



§ 5 de Ser y tiempo (Texto de Roberto)

Reflexión dubitativa del § 5 (La analítica ontológica del Dasein como puesta al descubierto del horizonte para una interpretación del sentido del ser en general) que inicia el Capítulo segundo (La doble tarea de la elaboración de la pregunta por el ser. El Método de la investigación y su plan)

1.  La doble tarea del Segundo capítulo consiste en la preparación de la pregunta por la temporeidad del Dasein, como el ente que interroga por el sentido del ser, y la segunda tarea es la destrucción de la historia de la ontología por medio del método fenomenológico.
2.  La analítica existencial se refiere al análisis del Dasein en su estructural «temporal», o sea, temporaria, para poner al descubierto el horizonte del tiempo en el que pueda darse sentido del ser. La analítica existencial es necesaria para la preparación de la pregunta que interroga por el sentido del ser.
3.  La relación de la analítica existencial con la doble tarea es una condición necesaria para plantear la pregunta que interroga por el sentido del ser, para esclarecer el Dasein en tanto ente que pregunta, y para la destrucción de la historia de la ontología.
4.  Ya que el ente Dasein es primordial para plantear la pregunta por el ser, la manera de interrogar por este ente es de suma importancia, y no debe procederse de manera dogmática al respecto. Las estructuras ónticas del Dasein que se estudien deben señalar la esencia del Dasein fáctico de término medio en su cotidianidad.
5.   La temporeidad será aquello en lo que se muestre el sentido del Dasein, y no debe confundirse con el «tiempo» ni con el tiempo como horizonte. La temporareidad del ser es aquello en lo que la ontología ha de desarrollar el sentido del ser, siempre y cuando se haya preparado con la pregunta por el Dasein y sus estructuras.
6.  La «respuesta» a la pregunta por el ser no ha de tratarse de una respuesta cuya forma sea la de una proposición sin más y sin contexto, sino que tal «respuesta» debe dar cuenta de la historia de la filosofía toda: en otras palabras, la respuesta ha de ser comprensiva en su máxima amplitud, en el sentido de que ha de hacer eco hasta las investigaciones de la Antigüedad.



Dubitaciones

A.  ¿En qué sentido debe entenderse la palabra destrucción? Tanto en español como en alemán, la palabra destrucción comparten la misma raíz etimológica, y mientras se haga un acercamiento etimológico de esta palabra[1], será valido tanto para una lengua como para la otra. El significado de destrucción como erradicación, eliminación o aniquilamiento no tendría sentido en la tarea que Heidegger plantea, porque lo que ha de destruir, a la vez, lo ha de tener presente para interrogar por el sentido del ser. ¿En qué sentido se dice destrucción?

B.  Pensar la pregunta por el Dasein como una búsqueda del ente humano, es decir, como una interrogación de antropología «filosófica» —la que Heidegger evita formular en Ser y tiempo—, es una pregunta que se hace erróneamente y con frecuencia en el contexto de esta obra. ¿En qué consiste la diferencia entre el preguntar por el Dasein en clave antropológica y en clave ontológica? Con la primera, se buscaría dar razón del ente humano en tanto ente, mientras que con la segunda, por el Dasein como el ente que interroga por el ser. Si bien la pregunta por el sentido del ser no requiere de una ontología completa del Dasein para plantearla, no es posible dar por supuesta la consistencia óntica del Dasein porque ésta se encuentra en relación con la pregunta por el sentido del ser. ¿Cuál es la relación de la consistencia óntica del Dasein con la interrogación por el ser?

C.   Si la «respuesta» por el sentido del ser no puede ser una proposición sin contexto —lo que implicaría una carencia de sentido—, entonces ¿cuáles son las condiciones necesarias para que la «respuesta» a la pregunta por el ser tenga sentido y no se convierta en una mera proposición?



[1] Diccionario de la RAE 23ª edición en línea.
Des- 1. prefijo. Denota negación o inversión del significado simple. Desconfiar, deshacer. 2. Indica privación. Desabejar. 3. Indica exceso o demasía. Deslenguado. 4. Significa ‘fuera de’. Descamino, deshora. A veces indica afirmación. Despavorido.


                                                         § 4 DE SER Y TIEMPO (Texto de Victor)



     El parágrafo que nos toca exponer tiene el título de “Primacía óntica de la pregunta por el ser”. ¿Por qué nos dice Heidegger que ha de haber o hay efectivamente una tal primacía? Porque esta pregunta tiene un arraigo a nivel óntico, esto es, concierne y determina de manera esencial a ese ente particular que es el Dasein, y ello en virtud de la constitución misma de este ente. El modo de ser propio del Dasein funda el que pueda darse una tal primacía óntica de la pregunta por el ser. ¿Cuál es, pues, este modo de ser? ¿Cuál es, en definitiva, el rasgo que constituye al Dasein? La respuesta a esta pregunta implica el despliegue de una estructura constituida por tres momentos fundamentales. Intentemos dar cuenta de ellos.
    En efecto, Heidegger entrará en la tematización del modo de ser del Dasein para explicarnos cuál es la prerrogativa de este ente en lo tocante a la elaboración de la pregunta por el ser. De esta manera, tenemos como primer momento de la estructura en que se cifra la primacía del Dasein el que éste queda determinado por un modo de ser peculiar, a saber, aquel que consiste en que, a diferencia de cualquier otro ente, el Dasein tenga su ser como algo propio y, por tanto, como algo en función de lo cual ha de comportarse, en función de lo cual, justamente, ha de ser. El Desein, dicho en otras palabras, se halla abierto a su ser. Ahora bien, a este ser con y para su propio ser es a lo que Heidegger llama existencia. Es por esta condición de existente que al Dasein corresponde ya en tanto que tal una comprensión “general” del ser y por la que le es propio, por tanto, un ser-ontológico. A la comprensión que de sí mismo tiene el Dasein desde la perspectiva de la apertura a su propio ser es lo que Heidegger llama comprensión existentiva. Lo existentivo alude a la condición esencial del Dasein de acuerdo con la cual éste ha de ser en función de su ser.
    El segundo momento de la estructura en que se despliega la caracterización del Dasein para dar cuenta de su  preeminencia ontológica se refiere al análisis de las estructuras en que se constituye, precisamente, la condición existente del Dasein. La existencia misma como condición esencial del Dasein exige el análisis de las estructuras en que se constituye el Dasein desde el punto el vista de su ser aquel que existe. La “trama” (Heidegger) de las estructuras en que se muestra lo constitutivo del existir es lo que Heidegger llama existencialidad. Si lo que veíamos en el punto anterior constituía un comprender existentivo, el análisis de lo constitutivo de la existencia misma determina un comprender existencial.
    Finalmente, en un tercer momento, derivado de los dos anteriores, tenemos que, como hemos visto, la comprensión existentiva hace posible un comprender existencial, esto es, el análisis de la condición misma de existente. Pero esta condición implica ya la comprensión general del ser. Luego, el análisis existencial pende de la elaboración de la pregunta por el ser. Valdría decir respecto a esto que hay una esencial co-pertenencia entre el análisis existencial, o de la constitución de la existencia, y la pregunta por el ser. Con la mostración de la existencia como esencia del Dasein y de la comprensión del ser ya implicada en dicha existencia queda aclarada la condición óntico-ontológica del Dasein.
    Heidegger nos hablará todavía de una prerrogativa más del Dasein en orden al esclarecimiento del su preeminencia óntico-ontológica. En efecto, de acuerdo con pensador alemán, al Dasein también pertenecería una comprensión de entes otros que él mismo, o sea, es propia de él una pertenencia al mundo y, por tanto, un acceso originario a los entes del mundo, incluso a los que no comparten con el Dasein su modo de ser. Por esta comprensión del mundo y de los entes del mundo, que le son propias de manera originaria en cuanto existente, el Dasein sería condición de posibilidad de toda ontología referida a entes no existentes. “De ahí que la ontología fundamental, que está a la base de todas las ontologías, deba ser buscada en la analítica existencial del Dasein” (Heidegger 2003 36).
    Heidegger apunta que la primacía ontológica del Dasein fue barruntada por Aristóteles y Tomás cuando hablaron del alma del hombre como aquello que conviene a todas las cosas. Sin embargo, tal tesis no tuvo en estos filósofos la debida aclaración ontológica. Es justamente esta aclaración respecto a la primacía del Dasein la que Heidegger intenta ofrecernos y, así, tenemos que éste es ontológicamente preeminente porque: 1) existe: está abierto a su propio ser; 2) en esta existencia está ya implicada la comprensión del ser y 3) es originariamente propio de la existencia del Dasein estar en el mundo y acceder a los entes del mundo. Sobre la primacía del Dasein en estos tres concretos respectos, Heidegger habla de una “primacía óntica de la pregunta por el ser”: hay una tal primacía de esta pregunta porque hay un ente que corresponde a ella: el Dasein.

Referencia:
Heidegger, Martin, Ser y tiempo, Madrid: Trotta, 2003.


























                                                        § 3 DE SER Y TIEMPO. (Texto de Aldo)

Al hablar en torno a una “primacía ontológica de la pregunta por el ser”, tal como indica el título del parágrafo, Heidegger se dedica a mostrar la diferencia entre los modos de dar razón respecto del ente, por una parte, y respecto del ser, por otra. Por ello, en términos generales, podría decirse que el objetivo del parágrafo es servirse de esta diferencia para esclarecer, mediante contraste, la peculiaridad de la pregunta por el ser frente a cualquier otra pregunta de carácter científicopositivista u ontológico-regional.
Al respecto señala Grondin que “lo que Heidegger denomina primacía ontológica
corresponde, en realidad, a una primacía científica del tema del ser”.[1]1 En efecto, el mismo
Heidegger habla, al final del parágrafo, de una primacía de la pregunta en el “…orden objetivocientífico”.[2]2 Sin embargo, lo que desarrolla en este parágrafo no consiste en una simple confrontación entre ciencia y filosofía. Su finalidad no es escindir la actividad filosófica de la científica, sino que Heidegger da razón de la unidad. Tampoco pretende, por lo mismo, hacer una jerarquización de las ciencias, de corte sistemático y deductivo, para enaltecer la filosofía como “ciencia de las ciencias”. Por el contrario, esta diferencia entre ciencia y filosofía ya da algunosindicios sobre la diferencia ontológica entre ser y ente, es decir, explica por qué razón no es factible definir al ser, sin que por ello el ser sea una invención del pensar humano o una sustanciamás allá del ente.
Heidegger, al sostener la primacía ontológica, muestra en qué medida la pregunta por el
ser es la más fundamental y la más concreta. Me resulta significativo el análisis que realiza en este parágrafo porque habla de una fundamentación e incluso de un cierto sentido de principio, pese a que constantemente niega que el ser sea principio o fundamento. Teniendo esto en cuenta, mi intención en las siguientes líneas, después de retomar algunas ideas del tercer parágrafo, es desarrollar sucintamente la posibilidad de hablar del ser como principio a partir de la resignificación que hace Heidegger sobre el concepto de a priori.
                                                           * * *
Vale la pena, en primer lugar, tener en cuenta que el contenido del parágrafo consiste en un análisis del estado de las ciencias en la época de Heidegger, así como en un análisis y crítica de la filosofía en el contexto neokantiano que él vivió. Así, en el texto hallamos una diferenciación entre tres tipos distintos de investigación: a) las ciencias positivas, b) las ontologías regionales y c) la ontología fundamental. Estas indagaciones, pese a sus particularidades, remiten todas a algo previo al ente, es decir, al ser, el cual se resiste a la determinación entitativa. ¿Cómo remiten estos modos de investigar al ser?
a) Las ciencias positivas. En primer lugar, Heidegger afirma que el modo de proceder de
las ciencias positivas —las cuales investigan características particulares del ente— remite a la pregunta por el ser dado que ésta, de algún modo, fundamenta la ciencia y sus presupuestos. La ciencia, tal como la entiende Heidegger en Ser y tiempo, es una investigación eminentemente óntica. El objetivo y la esencia de la ciencia consiste en determinar el ente, apresarlo y expresarlo mediante conceptos-definiciones. La ciencia logra esta determinación porque no asume la pregunta por el ser del ente, ni por el ente en su totalidad, sino que desde el inicio sólo tiene en consideración ciertos aspectos delimitados del ente, según el campo de estudio de cada ciencia. Estas características o aspectos del ente son, por tanto, mensurables, calculables, anticipables, fijas y parten de un punto de vista empírico.[3] Pareciese, en razón de la precisión de la investigación científica, que las ciencias ónticas versan en torno a lo más concreto. No obstante, Heidegger señala que hay una crisis inmanente a las ciencias. De hecho, esta crisis consiste, precisamente, en la falta de concreción en lo que respecta a la relación entre los principios que establecen las ciencias particulares, por un lado, y el modo de ser del objeto que se investiga, por el otro:
La verdadera crisis es la que se da en las propias ciencias, que consiste en que la relación
fundamental de las ciencias particulares con las cosas que son su objeto de investigación se ha vuelto problemática, cuestionable. La relación fundamental con las cosas se hace insegura, y eso impulsa la tendencia a reflexionar de antemano acerca de la estructura fundamental de esas cosas que son objeto de investigación, para así suprimir la inseguridad de los conceptos fundamentales de las respectivas ciencias o bien consolidar dichos conceptos fundamentales con un conocimiento originario de las cosas.[4]
La crisis de las ciencias en la época de Heidegger proviene del fundamento que dio paso a
la ciencia moderna, es decir, se halla en la ontología de Descartes. Éste escinde la realidad en dos “elementos”: por una parte, la cosa pensante y, por otra, la cosa extensa. La crisis, entendida como lo cuestionable de la relación entre las ciencias y su objeto de investigación, deriva del dualismo cartesiano que separa sujeto y objeto, como si estos “elementos” se tratasen de sustancias contrapuestas y radicalmente disímbolas. La crisis, dicho de otro modo, se debe a que las ciencias no pueden dar razón de la unidad entre la teoría que proponen y el ente sobre el cual versan. Así, pese a que las ciencias positivas parecen dar razón de lo más concreto, en rigor no logran establecer cómo se da esa concreción a causa del dualismo del que parten. En cambio, la pregunta por el ser —que implica una unidad entre aquello que se pregunta, lo que se pregunta y a quién se pregunta—, adquiere la mayor concreción, pues no interroga por algo ajeno o “externo” al Dasein (no pregunta por un ob-jeto), sino por el sentido de aquello con lo que siempre tiene un trato (el ser del ente, con el cual el Dasein se co-pertenece). Esta pregunta por el ser permitirá mostrar que, antes de la escisión sujeto-objeto y previamente al comportamiento
científico, hay una apertura en el trato con los entes y una pre-comprensión del ser.[5] La apertura del Dasein es la condición de posibilidad del comportamiento teórico (entendiendo teoría, según Heidegger, en el sentido restringido de ciencia moderna). De ahí que en Ser y tiempo se haga hincapié en la ciencia como una posibilidad del Dasein, mas no como un modo de ser originario.
b) Las ontologías regionales. Puesto que es constitutivo del modo de ser de las ciencias el
que se tambalee “…la relación de la investigación positiva con las cosas interrogadas mismas”,[6] las ciencias no son capaces de dar razón de su fundamento, ni de su crisis, ni menos aún de resolverla —si acaso puede hablarse de resolución. Así, de acuerdo con Heidegger, se buscó esclarecer dicha situación en el siglo XIX desde la filosofía, mas no en el sentido en que lo había hecho ya la tradición, sino en un sentido sumamente restringido. Si se tiene en cuenta, por ejemplo, la filosofía de Hegel, se observa la búsqueda de una fundamentación de las ciencias en su totalidad como un sistema unitario en el que toda indagación de los distintos “campos” del saber parten de un principio común. En el siglo XIX, en cambio, tras “la quiebra de los sistemas idealistas” se plantea la tarea de la ontología como un intento de fundamentación de las ciencias positivas.[7] Dicha tarea, en tanto que busca esclarecer los conceptos fundamentales de una ciencia particular, viene a ser una tarea teórica que, si bien es preeminente respecto de las ciencias ónticas, también está circunscrita en un campo determinado del ente. De ahí que Heidegger denomine esa tarea como ontología regional.[8]
Para Heidegger las preguntas ontológicas que se circunscriben o se cierran a determinados
sectores del ente no tienen el carácter fundamental de aquella ontología que pregunta por el ser dado que, del mismo modo que ocurre con las ciencias, las ontologías regionales parten del prejuicio de una separación entre sujeto y objeto. Estas ontologías se adaptan a un campo de investigación cerrado porque se centran en la conciencia para fundamentar la legitimación de una ciencia, en lugar de preguntarse por la condición de posibilidad que es previo a todo comportamiento teórico-científico: “A finales del siglo XIX la filosofía ‘científica’, en todas y cada una de sus direcciones, tiene por tema la conciencia. Sabe expresamente de su nexo con Descartes, quien por primera vez determina que el asunto básico de la filosofía es la conciencia, la res cogitans”.[9]
Por lo anterior, sin negar la importancia ni la originalidad de la lógica y la teoría del
conocimiento que se desarrollan en los siglos XIX y XX, Heidegger enfatiza la primacía de la pregunta por el ser a partir de un “contraste” con las ontologías regionales. Ello debido a que estas últimas, pese a que buscan las determinaciones previas de los entes y de los conceptos fundamentales de una ciencia, en última instancia son teorías que pretenden fundamentar otras teorías, es decir, no sólo no logran eludir la escisión de la que parte la ciencia positiva, sino que incluso acentúan la crisis al adoptar el modelo de las ciencias ónticas. Dicho de otro modo, las ontologías regionales operan de modo semejante a las ciencias particulares y, así, resulta imposible llevar a cabo la fundamentación que en principio desean realizar; aunque las ontologías regionales preguntan por el modo de ser del ente, lo hacen con el objetivo de determinar un ámbito. A lo que esto apunta, de acuerdo con Heidegger, es a plantear primeramente la pregunta por el ser no desde un ámbito del ente y la teoría, sino de modo pre-teorético:
¿Puede explicarse la teoría a través de la teoría? […] El conocimiento no puede surgir de sí mismo […] tiene que haber una ciencia que sea pre-teorética o suprateorética, [pero] en cualquier caso no-teorética; tiene que haber una auténtica ciencia originaria, en la que lo teorético mismo tenga su origen. Esta ciencia del original está constituida de tal manera que no sólo no necesita hacer ninguna presuposición, sino que ni siquiera puede hacerla, porque no es teorética. [10]
c) La ontología fundamental. De ahí la diferencia que elabora Heidegger entre las investigaciones previamente mencionadas y la ontología fundamental —es decir, la
fenomenología. Ésta da razón de lo previo o lo primero, esto es, de aquello que se presupone en el trato con el ente. La ontología fundamental no consiste en la construcción de un sistema que se base en un aparato categorial y que determine la condición de posibilidad de toda investigación, es decir, no es una teoría científica. Al contrario, la necesidad y preeminencia de preguntar por el ser no implica —ni requiere— llevar a cabo una validación particular de las ciencias, ya sea desde el sujeto, ya desde el objeto. Dado que la teoría científica no logra hoyar en la condición de su posibilidad, en la medida en que siempre está subsumida en un ámbito particular, la tarea fundamental de la ontología ha de consistir en preguntar por la posibilidad que, sin necesidad de ser determinada ni definida al modo de un ente, puede dar paso a toda determinación y definición de lo ente. En otras palabras, la condición de posibilidad de toda ciencia y todo trato con el ente
no puede ser categorial y cerrada, sino abierta y pre-teorética. Es así como la pregunta por el ser se comprende “…en su función, en su intención y en sus motivos”.[11] La primacía ontológica de la pregunta por el ser se da, por una parte, en razón de una diferencia entre ser y ente y, por otra parte, gracias de una unidad entre el ser y el ente que
puede preguntar por su sentido (el Dasein). Esta unidad la plantea Heidegger del siguiente modo:
“No hay ningún comportamiento respecto del ente que no comprenda el ser”.[12] Tanto en el trato cotidiano con los entes como en la investigación científica se tiene a la base ya una “cercanía” con el ser, sin que por ello el ser sea apresable del mismo modo que los entes.
Así, en toda investigación particular el Dasein se remite a algo que es a priori, es decir,
primero, previo, anterior o precedente. Esto no es otra cosa más que la unidad entre el ser y el Dasein, es decir, su co-pertenencia. Si Heidegger acentúa la pre-eminencia de la pregunta por el ser se debe a que siempre hay “a la base” una unidad de la que parte toda ciencia y toda filosofía, incluso toda ontología, si acaso se quisiese entender por ontología un tipo de ciencia. De este modo, la primacía ontológica de la que se habla en el tercer parágrafo no se debe tanto a una anterioridad meramente histórica o jerárquica de la ontología frente a otras ciencias, pues incluso podríamos decir que esta primacía se da pre-ontológicamente: “La distinción entre el ser y el ente [en la cual también hay que comprender la copertenencia] es preontológica, dicho de otro modo, aunque sin un concepto explícito del ser, esta ahí latente en la existencia del Dasein”.[13]
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Hacia el final del segundo parágrafo de Ser y tiempo Heidegger declara que el carácter previo del ser no implica que éste sea “…un principio indemostrado del que se deriva deductivamente una serie de presuposiciones…”,[14] y con ello da a entender que la ontología fundamental no pretende llevar a cabo una “…fundamentación deductiva…”.[15] No obstante, llama la atención que en el tercer parágrafo afirme que la tarea fundamental de la ontología consiste en “…buscar las condiciones a priori”,[16] tanto de la ciencia como de las ontologías regionales. El que se dedique a mostrar en qué consiste la primacía de la pregunta por el ser en un sentido apriorístico hace pensar en el ser como aquello a partir de lo cual las cosas son y se conocen, es decir, esto sugiere que el ser es principio en términos platónicos y aristotélicos. Ambas formas de caracterizar al ser —como un no-principio y como lo a priori— parecen contradictorias.
Quizá valdría la pena preguntar si Heidegger desea evitar las nociones de principio y de fundamento eminentemente en la medida en que entiende ambos términos a partir de lo que
implican en las ciencias positivas. Dicho de otro modo, Heidegger parece asumir que hablar de principio implica necesariamente una deducción demostrativa, tal como la causalidad que se busca en las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, a lo largo de la historia de la ontología el sentido primordial de principio no ha sido el de axioma, ni el de causalidad, ni el de génesis deductiva. ¿Cómo entender lo a priori? ¿No es acaso un modo eminente de hablar de principio?
En el tercer parágrafo Heidegger menciona a Kant para señalar, precisamente, que su
filosofía —a diferencia de lo que el neokantismo consideró— no se trataba de una teoría del conocimiento. Sin embargo, la noción de a priori a partir de Kant adquiere su sentido desde la escisión sujeto-objeto. De acuerdo con Kant, “la necesidad y la universalidad estricta son señales seguras de un conocimiento a pirori y son también inseparables una de la otra”.[17] Así, lo a priori es el carácter del conocimiento trascendental, es decir, de la posibilidad del conocimiento del sujeto, que no depende de lo meramente empírico y que, por tanto, es necesario.[18]
Heidegger, en cambio, retoma el concepto de a priori en otro sentido, a saber, como un
indicador fundamental del ser: “…en fenomenología a priori no es un rasgo de la actuación, sino un título del ser. El a priori no sólo no es nada inmanente, primariamente inherente, a la esfera del sujeto, [sino] que tampoco es nada trascendente, específicamente arraigado en la realidad”.[19] Asimismo, Heidegger considera que lo a priori no se sitúa ni en el sujeto ni en el objeto, dado que no es una estructura preestablecida y cerrada, sino que hace énfasis en la posibilidad que se dona en la temporalidad como horizonte de comprensión del ser: “Lo anterior a todo anterior posible es el tiempo porque es la condición de posibilidad de todo anterior. Y dado que el tiempo, como fuente de todo lo que hace posible, es lo más anterior de todo, todas las posibilidades poseen, como tales, en su función de hacer posible, el carácter de lo anterior, son a priori”.[20] Por tanto, para Heidegger el Dasein, que es un ser posible, se trasciende, no porque se retrotraiga a las condiciones de posibilidad del conocimiento como en Kant, sino en el sentido en que Heidegger comprende “…el trascender como entender el ser, es decir, como comprensión del ser, y como conceptuar el ser. Este trascender en tanto que expreso no es otra cosa que la filosofía”.[21]
Heidegger quiere evitar hacer de la ontología una teoría cientificista, para lo cual da razón
de un tipo de apriorismo: el del ser y su copertenencia con el Dasein. De este modo, como
veíamos ya la sesión anterior, el a priori heideggeriano no es tanto el de Kant, sino el de Platón —y Aristóteles. En lo que coinciden Heidegger, Kant y Platón —a quien sigue Aristóteles— es en distinguir, por una parte, el saber a priori y, por otra parte, el saber derivado o demostrativo (el de las ciencias “segundas”). No obstante, resalta más la cercanía del concepto heideggeriano de a priori con el concepto griego de próteron (el cual, según Heidegger, sería el precedente histórico de a priori), es decir, lo primero. ¿En qué sentido hay cercanía?
Al dar razón del sentido del a priori Aristóteles y Platón tuvieron el cuidado de distinguir
entre lo primero para nosotros —es decir, aquello que en al ser humano se le presenta de manera inmediata y aparentemente de modo contingente y cambiante— y lo primero según la naturaleza —es decir, lo que las cosas son en sí, allende la opinión y la mera sensación del ser humano. A eso que es primero por naturaleza, de acuerdo con Platón y Aristóteles, se le capta mediante la intuición. Esta intuición no se trataba necesariamente de algo que fuese determinable y definible mediante la palabra. La intuición se concebía, en primer lugar, como una contemplación inmediata y verdadera del principio, con base en la cual las ciencias demostrativas pueden operar.
Esta idea de una intuición que permite contemplar el principio y que es previa a la deducción de las ciencias no sólo la sostienen Platón y Aristóteles, sino que también lo expresaron, por ejemplo, san Agustín, santo Tomás, Descartes, Spinoza, Leibniz y Hegel. Asimismo, en la historia se ha tenido en cuenta continuamente la dificultad de expresar en palabras —mediante conceptos— el principio. Dado lo difícil de expresar el principio mediante la palabra, Platón y Aristóteles hicieron un esfuerzo por señalarlo mediante la analogía y le metáfora. Esta coincidencia en la historia de la filosofía no es gratuita, sino que implica un retomar la tradición para expresar lo mismo (el a priori), de distintos modos. En el caso específico de Heidegger, ¿en qué consiste la coincidencia con la tradición?
La concordancia puede observarse, atendiendo aunque sea a las mínimas indicaciones
hechas aquí en torno a Platón y Aristóteles, en los siguientes pasajes de los Prolegómenos: “Por cuanto el a priori se funda siempre en el ámbito de las cosas, del ser, se hace en sí mismo patente en la intuición simple”;[22] “…la fenomenología, en cuanto disciplina descriptiva, es una ciencia previa a las disciplinas tradicionales de la filosofía, en las cuales se discuten las cuestiones concretas. En la fenomenología como tal no hay aún problemas de que discutir: lo suyo no es más que tomar acta de lo que sucede; del verdadero enjuiciamiento de los problemas se halla excluida”;[23] “…aprehender y realizar lo aprehendido es lo que tradicionalmente se denomina describir, descripción. La fenomenología es descriptiva: su modo de tratamiento es la descripción. Más exactamente, describir es articular, realzándolo, lo que se ha intuido en sí mismo. Ese articular realzando es analizar, esto es, la descripción es analítica”.[24] En consonancia con la tradición, Heidegger habla de la aprehensión de lo a priori mediante la intuición, lo cual es algo anterior a las ciencias demostrativas —en tanto condición de posibilidad de las mismas—, cuya expresión no consiste en una determinación categorial, sino en un intento por aproximarse con la palabra al principio. Así, de acuerdo con estos indicios —los cuales, sin
duda, requieren mayor fundamentación— considero que vale la pena sostener que la fenomenología —la ontología fundamental, es decir, la analítica de Ser y tiempo—, en tanto que da razón de lo a priori, es también un intento por dar razón del principio, el cual fundamenta indefectiblemente al ente.



[1]Jean Grondin, “Pourquoi réveiller la question de l’être” paru en J.-F. Mattéi, L’énigme de l’être chez Heidegger. Paris, PUF, 2004. Texto consultado en http://mapageweb.umontreal.ca/grondinj/textes.html, p. 8.
[2] Martin Heidegger, Ser y tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera, Madrid, Trotta, 2009, § 3, p. 32.

[3] Cf., M. Heidegger, “La época de la imagen del mundo” en Caminos de bosque. Trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid, Alianza, 2005.
[4] M. Heidegger, Prolegómenos para una historia del concepto de tiempo. Trad. Jaime Aspiunza, Madrid, Alianza,2007, § 1, pp. 17-18.
[5] Cf., M. Heidegger, Introducción a la filosofía. Trad. Manuel Jiménez Redondo, Madrid, Cátedra, 2001, § 31, p. 236: “…la tematización, el convertir algo en tema, presupone que venga dado un objeto. Y un objeto sólo me viene dado como objeto en un acto de objetivación. Y sólo puedo objetivar algo si ese algo es-ahí-ya-manifiesto; y el ente que está ya ahí de manifiesto sólo puede estar ahí de manifiesto como un ente si de antemano ese ente es entendido ya en su ser, es entendido respecto a su ser, es decir, viene proyectado respecto a su ser”.
[6] M. Heidegger, Ser y tiempo…, § 3, p. 30.
[7] Cf., M. Heidegger, Prolegómenos…, § 4, p. 29: “…en el curso de la segunda mitad del siglo XIX se intentó llevar de nuevo a buen puerto la filosofía científica. Dicho intento tiene lugar reconociendo, por un lado, la autonomía de las ciencias particulares concretas, y asegurándose, al mismo tiempo, un campo propio para la filosofía frente a las ciencias. Eso conduce a una filosofía que posee el carácter esencial de teoría de la ciencia, de lógica de la ciencia”.
[8] Cf., M. Heidegger, Ontología. Hermenéutica de la facticidad. Trad. Jaime Aspiunza, Madrid, Alianza, 2008, § 1, p. 18: “[La] ontología tradicional, aun cuando pretenda dedicarse a las determinaciones generales del ser, tiene, sin embargo, a la vista un sector concreto del ser […] Ontología de la naturaleza, ontología de la cultura, ontologías materiales: tales son las disciplinas en las que se pone de relieve, en función de su carácter temático-categorial, el contenido de objeto de esas regiones. Lo que así se logra sirve de hilo conductor en el problema de la constitución, las condiciones de la génesis y la estructura de la consciencia de objetos de uno u otro género.”
[9] M. Heidegger, Prolegómenos…, § 4, p. 36.
[10] M. Heidegger, La idea de la filosofía y el problema de la concepción del mundo. Trad. Jesús Adrián Escudero, Barcelona, Herder, 2005, § 18, pp. 116-117.
[11] M. Heidegger, Ser y tiempo…, § 3, p. 29.
[12] M. Heidegger, Los problemas fundamentales de la fenomenología. Trad. Juan José García, Madrid, Trotta, 2000, § 22, p. 389.
[13] Ibid., § 22, p. 380.
[14] M. Heidegger, Ser y tiempo…, § 2, p. 29.
[15] Idem.
[16] Ibid., § 3, p. 32.
[17] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura. Trad. Mario Caimi, México, FCE-UAM-UNAM, 2009, B4.
[18] Cf., Ibid., B 80-81.
[19] M. Heidegger, Prolegómenos…, § 7, p. 101.
[20] M. Heidegger, Los problemas…, § 22, pp. 386-387.
[21] M. Heidegger, Introducción…, § 31, p. 237.
[22] M. Heidegger, Prolegómenos…, § 7, pp. 101-102.
[23] Ibid., § 8, p. 107.
[24] Ibid., § 8, p. 106.